Y el conde Roger asintió porque también él se percató de la imposibilidad de resistir por más tiempo. En un intento desesperado se lanzaron hacia la puerta de la salvación y en este último combate murieron todavía seis de los 16 hijos del de Barcelona. Y cada vez que uno fue abatido exclamó Roger riendo: “No te preocupes mi señor, ya estamos a salvo".